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Digo nuestro aceite de oliva y me refiero al que se produce en las cuatro comarcas que cubren esta edición de LAS PROVINCIAS: la Ribera, la Costera, la Vall y la Canal. En todas ellas se obtiene un aceite de oliva virgen extra de reconocida calidad, dadas las óptimas condiciones de suelo y clima de que gozan y que les permite disfrutar de una rica diversidad de cosechas, tanto en la huerta como en el secano.

Desde mediados de diciembre se viene procediendo a la recolección y traslado de las aceitunas a las almazaras para su molturación, labores que se prolongarán hasta la segunda quincena de enero. Actualmente la fabricación de aceite se realiza por procedimientos de alta tecnología, a través de modernos locales en su mayor parte pertenecientes a cooperativas de segundo grado, que concentran la actividad antaño dispersa en numerosos 'molins d'olives' rudimentarios. Ya entrados en la segunda mitad del siglo XX, allá por los años sesenta, aún perduraban en nuestros pueblos viejas instalaciones movidas a mano y por caballerías, alternando con otras de prensa de husillo o hidráulicas. Como relatamos en nuestro libro 'Crónicas de medio siglo (1952-2002)', entonces el agricultor no abonaba al almazarero ninguna cantidad en metálico por la elaboración del aceite. Pero el industrial se reservaba para sí, en concepto de derechos de moltura y beneficios, el subproducto del aceite, o sea el orujo o 'pinyol', del que se sacaban otros aprovechamientos.
Una de las ocupaciones preferidas del labrador era la de asistir en la 'almàssera' al proceso de fabricación del aceite, a cualquier hora del día o de la noche, organizándose con tal motivo suculentas comidas a base de longanizas, magro, tocino, morcillas y un generoso 'mullaor': el que proporcionaba el mismo aceite fresco recién destilado. Como dato curioso diremos que en el año 1957 los trabajos de recogida de la aceituna se pagaron en el Marquesat 'a precios muy elevados': 35 pesetas el jornal de las mujeres y 50 pesetas el de los hombres.
Aquellas obsoletas almazaras fueron cerrando poco a poco por exigencia legal, dando paso a los actuales molinos de ámbito comarcal, como el de Motrotón, en Turís, que además de atender a los olivareros locales cubre la demanda de las cooperativas de Yátova, Montserrat, Montroi, Real, Llombai y Catadau.
Hasta junio de 1952, en que desapareció la Cartilla de Racionamiento creada al término de la guerra civil, el control de los productos intervenidos fue riguroso. Respecto al aceite de oliva, el agricultor venía obligado a pagar un cupo forzoso, por lo que la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes desplazaba inspectores a las almazaras con el fin de conocer in situ la producción real de aceite de cada agricultor y globalmente de cada término. Pero pese a las estrictas medidas desplegadas nunca se pudo evitar la ancestral picaresca española y, en consecuencia la práctica del estraperlo, ya que el aceite de oliva, como también el trigo, se cotizaba en el mercado negro a precio de oro. Grandes penalidades y riesgos tuvieron que afrontar, pero no pocos de aquellos 'estraperlistas' amasaron buenas fortunas. ¡Qué menos, si en la aventura a veces se jugaban el tipo!

Fuente: lasprovincias.es

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